divendres, 18 de gener del 2013

CERO PATATERO





El traspié del finde me ha hecho pupita. Por mucho que una servidora sea una especialista en ponerse el mundo de por montera y quiera maquillar las números mejor que el ministro de Economía, tengo que plegar velas y aceptar la cruda realidad. ¡Cero patatero!  
Sí, amigas, confieso (¿está por ahí algún redactor del Sálvame?). Hace siete meses que no tengo relación carnal con ningún ente del sexo opuesto. ¿Quién es la cabrona que se ha reído? ¿De qué? ¿De mi sequía? Muchas follan de boquilla (que no es lo mismo que con la boquilla). Yo soy legal, reconozco mi pecado y punto. Ya me gustaría a mí ver por un agujerillo a todas esas que van de Mataharis por la vida y luego tienen el higo más seco que la mojama. Me saca de mis casillas tanta falsedad… Bueno, que no me escondo, joder, ¡cero patatero!
Al principio me consolaba creyendo que la falta de chingoteo se debía a que había puesto el listón muy arriba. Los quería guapos, inteligentes y con dinero. Normal, si una misma no se aprecia, no lo harán los demás. Muy filosófico, pero la verdad es que a los dos meses rebajé mis condiciones de cuajo. Con tal de que no fueran callos malayos, limpitos, me dieran un poco de cháchara y me invitasen a cenar estaba dispuesta a ser más fácil. Yo que pensaba que la cola de pretendientes sería más larga que la del paro pues nastic de plastic. A los siete meses, amigas, me follaría cualquier cosa que acabase por o de macho. ¡Qué bruta eres, Purita! Amigas, el picor de chichi es muy malo, no lo sabéis vosotras bien ( ¿o sí?). Te empiezas a obsesionar y al final ves pollas por todas partes. Y sube la temperatura corporal y los ojos se calientan también. Un martirio. O sea, que empiezo a pensar que todo lo pasa en el universo es para refregarme por los morros que no follo. ¿Que vaya al psicólogo? ¿A follármelo?
A las ocho y media de la mañana después de dejar en el cole a Fernandito me cojo el autobús para ir al curro. Todos los frenazos del conductor acaban con un bulto encajado en mis nalgas. Perdón, perdón, pero ya me han dado el restregón. Mi jefe, Adolfo, una vez sí y la otra también cuando pasa por detrás del mostrador, con la excusa de la  estrechez de espacio, la mano en la cintura y de ahí al cachete se llega en un periquete. A la hora del bocata, el mensajero que me llega con esos tejanos ajustaos marcando paquete, una como una olla a presión y aunque le pongo el capote, ná de ná. A la hora de comer, en el chino, dos jovenzuelas de la mesa de al lado se les llena la boca (no solo de arroz tres delicias) con los revolcones que se pegan con sus maromos. Qué morbo, copón, polvos como los de antes, en el asiento de atrás del coche. Por la tarde, cuando parecía que se había rebajado la obsesión, cruzo un parque que hay antes de llegar al cole de mi crío y me la pego con un espectáculo porno gratuito. Un adolescente tiene agarrá la teta de una pelirroja como si se le fuera a escapar, la lengua en el intestino y la otra mano rastreando por debajo del tanga tirachinas. Joder, que una no es de piedra y con el cero patatero está más quemá que el palo de un churrero. Fíjate cómo ando de desesperada que mientras merienda mi Fernandito viendo los dibujos no paro de pensar en cómo tendrá la polla Bob Esponja, con eso te lo digo todo. Un poco de barrer, un poco de fregar y una manita de quitar el polvo (¿veis? Si es que me persiguen las palabras guarras). Ducha, cena y cuento. Y cuando me siento en el sofá, la lámpara de pie no para de que provocarme, la sombra de la pared tiene toda la pinta de un buen cipote, joder, ¿veo visiones?
Por caridad, alguna de vosotras conoce un bombero que me quite el fuego del cero patatero. Que pregunte por Puri o que siga el rastro del humo.     


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