El traspié del finde me ha hecho pupita. Por
mucho que una servidora sea una especialista en ponerse el mundo de por montera
y quiera maquillar las números mejor que el ministro de Economía, tengo que plegar
velas y aceptar la cruda realidad. ¡Cero patatero!
Al principio me consolaba creyendo que la falta
de chingoteo se debía a que había puesto el listón muy arriba. Los quería
guapos, inteligentes y con dinero. Normal, si una misma no se aprecia, no lo harán
los demás. Muy filosófico, pero la verdad es que a los dos meses rebajé mis condiciones
de cuajo. Con tal de que no fueran callos malayos, limpitos, me dieran un poco
de cháchara y me invitasen a cenar estaba dispuesta a ser más fácil. Yo que pensaba
que la cola de pretendientes sería más larga que la del paro pues nastic de
plastic. A los siete meses, amigas, me follaría cualquier cosa que acabase por
o de macho. ¡Qué bruta eres, Purita! Amigas, el picor de chichi es muy malo, no
lo sabéis vosotras bien ( ¿o sí?). Te empiezas a obsesionar y al final ves
pollas por todas partes. Y sube la temperatura corporal y los ojos se calientan
también. Un martirio. O sea, que empiezo a pensar que todo lo pasa en el universo
es para refregarme por los morros que no follo. ¿Que vaya al psicólogo? ¿A
follármelo?
A las ocho y media de la mañana después de
dejar en el cole a Fernandito me cojo el autobús para ir al curro. Todos los
frenazos del conductor acaban con un bulto encajado en mis nalgas. Perdón,
perdón, pero ya me han dado el restregón. Mi jefe, Adolfo, una vez sí y la otra
también cuando pasa por detrás del mostrador, con la excusa de la estrechez de espacio, la mano en la cintura y
de ahí al cachete se llega en un periquete. A la hora del bocata, el mensajero
que me llega con esos tejanos ajustaos marcando paquete, una como una olla a
presión y aunque le pongo el capote, ná de ná. A la hora de comer, en el chino,
dos jovenzuelas de la mesa de al lado se les llena la boca (no solo de arroz
tres delicias) con los revolcones que se pegan con sus maromos. Qué morbo,
copón, polvos como los de antes, en el asiento de atrás del coche. Por la tarde,
cuando parecía que se había rebajado la obsesión, cruzo un parque que hay antes
de llegar al cole de mi crío y me la pego con un espectáculo porno gratuito. Un
adolescente tiene agarrá la teta de una pelirroja como si se le fuera a
escapar, la lengua en el intestino y la otra mano rastreando por debajo del
tanga tirachinas. Joder, que una no es de piedra y con el cero patatero está
más quemá que el palo de un churrero. Fíjate cómo ando de desesperada que
mientras merienda mi Fernandito viendo los dibujos no paro de pensar en cómo
tendrá la polla Bob Esponja, con eso te lo digo todo. Un poco de barrer, un
poco de fregar y una manita de quitar el polvo (¿veis? Si es que me persiguen
las palabras guarras). Ducha, cena y cuento. Y cuando me siento en el sofá, la
lámpara de pie no para de que provocarme, la sombra de la pared tiene toda la
pinta de un buen cipote, joder, ¿veo visiones?
Por caridad, alguna de vosotras conoce un
bombero que me quite el fuego del cero patatero. Que pregunte por Puri o que
siga el rastro del humo.
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