Ligar a los quince es una cosa. A los veinte ya
es otra. A los treinta… a los treinta es casi más difícil que enganchar una
quiniela de catorce. Y a los treinta y cinco... uff... amigas mías, un deporte
de riesgo, creo que ni el rafting, ni el puenting, ni tiraerse en paracaídas
puede tener más peligro que sortear una bandada de cuervos en una disco de
singles. El sábado, aprovechando que mi Fernandito estaba con su papá, me sumé
a la salidita de mis amigas. Hace años que comparto correrías con Pepa y Manoli, nos avenimos. La primera es una
solterona profesional y la segunda divorciada como una servidora, de todo tiene
que haber en la viña del Señor. Pepa, con esa desesperación tan característica
de las mujeres que temen quedarse para vestir santos tiene la manía de extremarse
demasiado. Manoli, peluquera de profesión, por culpa de las revistas del
corazón y del hígado confunde su tipo con el de Rihanna y las lorzas la
devuelven a la cruda realidad y al final se desparraman por los lugares menos
recomendables pero mi Manoli no se arredra. ¡El género tiene que estar encima
del mostrador! Mira que me gusta criticar, supongo que ellas me repasarán también
pero tenemos el sentido común de no decirnos las verdades. Por teléfono las
encuentro entusiasmadas, con esa fiebre que anuncia apareamiento. Quedamos
donde siempre. Una servidora, está un poco de vuelta de todo, ha dejado de
creer en la existencia de príncipes azules y menos de milagrosas apariciones de
Brad Pitts de bolsillo. Yo, sobre todo, salgo con mis compis para no tener que
quedarme sola en casa viendo La Noria. ¿Triste? Bueno, pensad lo que queráis,
pero un poco de distracción no le sienta mal a nadie, pero insisto, sin perder
el oremus.
Desempolvo el vestidito rojo ceñido, joder sí
que me cuesta cerrarle la cremallera, para mí que he cogido algunos gramillos
de más, mañana por la noche toca yogurt. Estreno lencería nueva (nunca se
sabe), me perfumo quitándome el tufillo de la rutina, me peino y me miro al
espejo por delante (esas tetas que no se les ocurra agacharse que me cago en la
virgen de la leche), por detrás (todavía me queda un culito de lo más mono), de
lado (esta no me interesa, se me ven las mollitas). Espejito, espejito, quién
es la más guapa de esta casa. Cuando me pongo gilipollas no tengo rival.

Lo primero que una tiene que soportar son las
miradas babosas. Los machos a determinada edad andan muy necesitados de encontrar
agujeros libres. ¿Bestia? Esas pupilas sarnosas son como el algodón, no engañan.
Por supuesto me refiero a estos especímenes que frecuentan el mercado de
segunda mano. Chaqueticas de pana con coderas, camisas de cuadros, pantalones
tejanos de marcas top ten. Cubata en la mano y sonrisa Profindén. Fotocopias
desesperadas dispuestas a entregar su alma por un buen polvo, irse de putas es
caro y está mal visto para un macho de pro. ¿Bestia? Ya llevo unos cuantos
conocidos en estas escapaditas.
El primer atrevido de la noche se llama Fidel.
¿Castro? Cuando te ponen el chiste en bandeja no se puede desaprovechar.
Diálogo de besugos, monosílabos, preguntas chorras y cuando ya los cuerpos
empezaban a arremolinarse me suelta la frase que me baja la libido. Yo es que
lo he pasado muy mal. Y en dos segundos me está explicando todos los problemas
con su ex. ¡Véte a tomar por culo! ¡Que te aguante tu puta madre, capullo! Me
mira con cara de gamusino, de no entender nada, me voy al lavabo y cuando
vuelvo me cambio de mesa. Pepa y Manoli están a lo suyo. Ay, Pepa, qué adefesio
se te ha enganchado al escote, sacado directamente de Cuéntame… En fin, cada
una a mirar por sus pellejo, si le aprovecha, que se lo coma con patatas. A los
pocos minutos ya tengo al segundo candidato revoloteando por mis tetas.
¿Bestia? Joder, si no me mira a los ojos, mi canalillo lo tiene agilipollao. La
voz de Plácido Domingo me pone, el pelo en pecho también me enebra (¿o enerva?
ahora no tengo tiempo de ortografías), la mano en el muslo me pone un poco tensa
pero con el atraso de roscas que llevo se lo perdono. Ostias, pero el aliento a
alioli no, es que me tira para atrás, qué pestazo por Dios, y además mezclao
con nicotina retestinada. No puede una hacerse ilusiones. ¡A la mierda! Visita
a la toilette y vuelta a empezar. Manoli, qué haces Manoli, qué tanque te has
buscado, por favor, la tiene contra una esquina y me la va a descoyuntar. Con
su pan se lo coma. Yo casi sin reponerme del fiasco del boca cloaca ya tengo al
tercer candidato de los noche a mis pies (no, no es un hablar, es que se le ha
caído el vaso y está recogiendo lo que queda de él). La camisa de marca le va
un poco ajustada, normal, quiere vacilar de musculitos. Carne de gimnasio,
bueno, para distraerme un ratito tampoco hace falta que haya estudiado en
Oxford. Me empiezo a imaginar unas tabletitas a juego con los bíceps y para
completar la exhibición una polla a juego. ¿Qué pasa? ¿Otro músculo más? ¿Qué
hay de malo en soñar? Pues mucho, amigas. Que me propone la oscuridad de un
reservado en la parte alta de la disco, vamos, sin mucho miramiento me lanzo a calibrar
el armamento y el muy cabrón a las primeras se me corre como un conejo en la
palma de la mano. Y lo peor de todo amigas mías, que me pone perdío el traje
rojo. Y todavía hay más, que las desgracias no vienen solas, que no para de
pedirme perdón, que me llora, que me babea, que si me descuido me quiere
explicar todos sus traumas en un minuto y que entre gimoteos me promete amor
eterno. Y por ahí ya no paso, que una todavía conserva un poco de dignidad, o
sea, que me cojo la puerta de la discoteca con viento fresco. Me pido un taxi y
vuelvo a la tranquilidad del hogar. Me quito el vestido rojo intentando no
recordar el gatillazo del fantasma de los músculos bluff y en bragas negras con
lacito rojo y sujetadores transparentes, conecto la tele y con la compañía de
un trocito de turrón de chocolate que me ha quedado de Navidad me quedo embelesada
contemplando como Pipi Estrada y Miriam Sánchez (ex Lucía Lapiedra) sacan la
basura de su turbulenta relación y se ponen de vuelta y media.
Cada vez me gusta más regodearme de la vida de
los demás.
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