Llego al curro y la Lali, mi compi, tiene la cara
descompuesta.
-
Joder, tía, tengo un dolor de
ovarios que no me deja ni pensar.
-
Te has tomado…
- Todo y más. Hierbas, pastillas,
patas de cabra, lo he probado todo, pero los cabrones siguen apretando a mala
ostia, menudos pellizcos me pegan.
-
Estás desfiguradita de dolor.
- Joder, Puri, es insoportable, cada
mes lo mismo, no lloro porque para mí que las lágrimas saldrían negras. Paso un
par de días que no se los deseo ni a mi peor enemiga.
-
Quédate en caja que ya coloco yo
la ropa que ha llegado nueva.
-
Gracias.
Ya se sabe, hoy por ti y mañana por mí. Mañana
no es una forma de decir, esta semana me tiene que venir la regla y lo mío no
es una menstruación, lo mío es un desangramiento. No soy persona,
amigas. Qué os voy a decir a vosotras que no sepáis. Esos bajones que parece
que te apagan la luz del mundo, ese cansancio que no tiene una ganas de nada. Y
ese vigilar que no se desmadren las tuberías y te pongas perdida la ropa.
Adolfo, el jefe, que siempre está zarabuteando a
nuestras espaldas (imagino que para machacársela luego en el lavabo con el
recuerdo de nuestros culitos) ha cogido un cable de la conversación y se mete
por medio.
-
Ya estáis con rollos de mujeres…
¿Rollos? Qué dice este payaso. ¿Lo crucificamos
directamente? ¿La arrancamos esos ojitos de búho que Dios le ha dado y hacemos una
tapita de aceitunas? ¿O le metemos una compresa usada por la boca para que deje
de utilizar ese tono de sobrao? Dudamos Lali y yo, merecerlo se lo merece,
¡rollos de mujeres! ¡Su puta madre! Si no fuera porque necesitamos el curro,
ahora mismo….
-
Un mesecito al año os hacía yo
pasar la regla…
Yo no me puedo callar, aunque sea con una
bromita le tiro a Adolfo con bala blandita.
-
Ya ves tú, no será para tanto… Además, no me
digáis que no se os permite todo cuando estáis con vuestras cosas…
-
¿Todo?
-
Pues claro, esa mala leche que
gastáis, esa cara de asco, ese ni me mires ni me toques que te suelto una
fresca. Sois así, no digáis que no. Todo el mundo pendiente de las señoras, de
sus días rojos…
Los ojos de Lali y los míos se vuelven como
puñales, qué coño, como espadas. Qué se cree el jefezucho de mierda, que como
tiene la sartén por el mango se le tiene que aguantar todo. ¡Yo, no!
-
Adolfo, ¿has tenido tú alguna vez
dolor de huevos? Sí, sí, de habértelos pillado con la bragueta o de que te
hayan dado en todo los cataplines con una pelota de fútbol…
-
Puri, en fin… alguna vez… ¡Eso sí
que duele!
-
Pues ahora imagínate tú, si
puedes, que cada mes la Lali y yo te apretamos los cojones y te hacemos una
tortilla francesa. ¿Cómo se te queda la cara? Dos o tres veces al día, tres días seguidos… ¿Guay, verdad?
Adolfo primero piensa en el dolor y se le
congestionan los mofletes pero pronto se recupera y como es un salido del copón
se pone cachondo pensando en un menage a trois con sus dependientas. No lo
puede evitar, se le escapa la babilla y se le pone ahora una cara de vicioso…
¡Qué asco me da!
-
No sé, a lo mejor podríamos
probarlo…- deja escapar por lo bajini buscando arredrarme.
Este jefecito mío no sabe que la Puri no se achanta.
A mí los chulos y los babosos me sacan de quicio, sale la arrabalera que llevo
dentro y no me frena ni el camión de la basura.
-
Adolfo, lo que puedas hacer hoy,
no lo dejes para mañana. Venga, antes de que abramos la tienda, bájate los
pantalones y luego los calzoncillos de piel de tigre. La Lali te coge el
derecho y yo el izquierdo. Y catapún… Y a mediodía otra vez, y antes de irnos
por la tarde, cascada de huevos que te crió. ¿Hace?
Adolfo huye despavorido. No sabe aceptar una
bromita, qué piel más sensible que gasta el gachón. Creo que hasta se le ha
movido el peluquín, mira que se lo pega con esmero pero ha sido imaginarse la
escena y el cuero cabelludo ha hecho de las suyas.
Si no son capaces de
aguantar una provocación de la Puri, qué coño van a soportar la regla.

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